Pedro Venegas
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El “Príncipe de la Palabra”

El “Príncipe de la Palabra”

Quiero imaginar que el último paisaje en iluminar la mirada de Jesús Urueta fue una visión de la pampa argentina, esa copiosa y fértil extensión que le habría recordado la enormidad de su amado Chihuahua. Tierra de su amor. Eso nunca lo sabremos, pero un artista siempre agradecerá el recuerdo de los suyos, y jamás desmentirá a quien lo invente porque al inventarlo, le da vida por siempre.

Esa recreación es lo que encuentro en el discurso fúnebre que Martín Luis Guzmán el cual pronunció en el cementerio de Dolores de la ciudad de México el 29 de marzo de 1921 ante el féretro de Urueta, vuelto a su patria en un viaje por mares turbulentos como su vida, como su pasión. Hallamos en esa oración -recuperada en 1987 en una coedición de las universidades de Colima y la UNAM- una fuerza capaz de estremecer el espíritu más de ochenta años después. 

Entre las personalidades que pueblan la Patria literaria mexicana la figura de Jesús Urueta (1868 – 1920) se yergue velada y misteriosa a la memoria de las nuevas generaciones, a veces ignorada por falta de lectura. ¿Habrá entre los lectores de este texto quien por interés, que no por edad, haya tenido noticias de este orador, pintor y periodista que también fue diputado revolucionario y compartió deberes legislativos con Luis Cabrera, Juan Sánchez Azcona, Juan Sarabia, Serapio Rendón, Salvador Díaz Mirón, Isidro Fabela y Félix Palavicini?

Fue llamado “El príncipe de la palabra” por sus dotes oratorias, y su discurso enfrentó al dictador Huerta –en contraste “señor de la bellaquería”- quien lo arrojó a un calabozo del cual salió con vida milagrosamente.

Como casi todo hombre visionario y comprometido, Urueta fue también un ser lleno de esperanza en el futuro, confiado en un porvenir alimentado por la sangre y las ideas de otros idealistas como él. Dice Martín Luis Guzmán:

Entonces escribía Urueta: “Nuestros muertos siguen siendo creadores de energía; infatigables… todo lo remueven y todo lo vivifican… Son la médula de nuestra historia, la vida de nuestra vida y nos acompañarán –legión sagrada- a la gran conquista, a la conquista de la ley… Es preciso, es urgente que todos los mexicanos comprendan que la Constitución, sólo la Constitución, puede salvar a la patria… Mientras las instituciones no funcionen normalmente no se puede hablar de paz, ni de progreso, ni de libertad. A mejores ciudadanos corresponden mejores gobiernos. Dentro de un buen gobierno, respetuoso de la ley… los ciudadanos elevan su nivel intelectual y moral, el pueblo crece en fortaleza y en virtudes cívicas”. Así pensó, así habló, así predicó Jesús Urueta, ciudadano de México.

Hermosa lección encontramos en estas palabras. Hace casi un siglo que Urueta escribió esa sentencia que aún conserva un timbre de urgencia y esperanza, de paz, pero también de dolor.

El Diccionario Biográfico de México de Humberto Musacchio consigna que Urueta colaboró “en la Revista Moderna El Siglo XIX. Fue bibliotecario y maestro en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, dos veces diputado federal y profesor de la Escuela Nacional Preparatoria. Crítico del dictador Victoriano Huerta, éste lo mandó encarcelar. Secretario de Relaciones Exteriores (del 12 de diciembre de 1914 al 18 de junio de 1915) de Venustiano Carranza. Fue fundador del Partido Democrático y en 1919 se le designó ministro plenipotenciario en Argentina y encargado de negocios ante el gobierno uruguayo. Fue autor de Fresca (1893), Alma poesía. Conferencias sobre literatura griega (1904), Pasquinadas y desenfados políticos (1911),Conferencias y discursos literarios (1919) y Obras completas (1930).”

Los recuerdos y testimonios, cenizas del tiempo en que vivió, de la vida de Urueta nos hablan de un hombre apasionado y quizá arrebatado; alguien cuyo temperamento fue con seguridad rebelde e incendiario. Es un carácter fuerte el que trasluce en la fotografía que acompaña su ficha en el diccionario de Musacchio: ojos algo saltones y separados, mirada penetrante, frente ancha, nariz larga y labios delgados ligeramente curvados hacia abajo en las comisuras. En suma, alguien cuya paciencia pudo haber sido corta, y por lo mismo grande su creatividad.

Murió muy joven, a los 32 años, pero con un desempeño que, quizá por la misma razón de su juventud, causó la admiración de Martín Luis Guzmán. Sus hijos, Cordelia, Jesús (Chano) y Margarita tuvieron luz propia en la pintura, el cine y la dramaturgia.

Repito que Urueta falleció muy joven, a los 32 años, de causas que ignoro. Fue la suya una vida excepcional, como otras que aquí he reseñado, que son un ejemplo a edades en las que otros apenas se preguntan cuál habrá de ser el camino que tomen sus existencias. Martín Luis:

Por ello la pérdida es irreparable. Queda en pie la catedral, compendio de un genio múltiple, y las piedras ennegrecidas mantienen perenne la emoción del sentimiento religioso anónimo, de las manos anónimas que allí se expresaron; contemplan los ojos una pintura o una estatua, y en su esfuerzo por seguir la forma, la mirada describe el mismo trazo que sorprendieron los ojos del artista; se repite un canto a los sones acordados por un músico en otra época, y el oído, dócil a su guía, revive la obra original; y una historia se relata, y se recita un poema, y se lee un libro.

Urueta lloró ante nosotros la muerte de Justo Sierra, y la lloró con tal congoja, con tal duelo convirtió en lágrimas nuestro pesar –lágrimas copiosas, lágrimas sin literatura- que casi nos consoló de la pérdida del Maestro. Y ahora, henos aquí, incapaces de llorarlo a él como él merece, incapaces –pese a la presencia de sus despojos y a nuestra comunidad espiritual- de atraer sobre nuestras cabezas, y convertir en halo de la emoción que nos envuelve, siquiera un fugaz aleteo de aquel noble espíritu, siquiera una chispa del fuego que él encendería en nosotros si estuviera aquí tocándonos con su palabra el corazón.

Pido entonces al orador, pintor y periodista que no descanse en paz. Quede entre nosotros, viva, su memoria. Y siga agitando a la República el eco de su oratoria con el reclamo: “¡Sólo la Constitución puede salvar a la Patria!” y por el bien de todos, que así sea.

Escritor por: Pedro Venegas

Comunicólogo con más de 25 años dentro y fuera de los medios de comunicación; ha sido analista y consultor del Gobierno Federal y asesor en Evaluación de Imagen Institucional y Prospectiva en diversas Secretarías de Estado.

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